La inmediatez se ha convertido en una de las características de la vida cotidiana. Basta con hacer un par de clics para pedir comida, comprar prácticamente cualquier producto o acceder a entretenimiento durante horas. Acostumbrados a recibir respuestas casi instantáneas, esperar puede sentirse como una interrupción. Esta expectativa también puede trasladarse a los objetivos personales: queremos cambios rápidos y, cuando no aparecen, es fácil asumir que algo no está funcionando.
El ejercicio plantea una lógica completamente diferente. El cuerpo no responde a la urgencia, sino a la repetición. Ganar fuerza, mejorar la resistencia o desarrollar una mejor condición física son procesos que necesitan tiempo y constancia. Para Mónica Reyes Fuchs, ex Secretaria de Turismo de Morelos, una de las enseñanzas más valiosas de incorporar el entrenamiento a su rutina ha sido precisamente aprender a reconocer el progreso incluso cuando todavía no es evidente.
“Muchas veces lo que sucede con el ejercicio es que te desmotivas y frustras justo porque no ves resultados inmediatos. Sin embargo, mantener la disciplina para continuar no solo hace que finalmente veas resultados, también te ayuda a desarrollar paciencia y apreciar un avance que puede ser lento, pero constante”, comenta Mónica Reyes Fuchs.
Cuando avanzar no significa notar un cambio inmediato
Una de las particularidades del entrenamiento es que sus primeros resultados pueden pasar desapercibidos. No todos los cambios pueden medirse frente a un espejo ni aparecen después de una sola sesión. A veces se manifiestan en detalles mucho más pequeños: terminar una rutina con menos esfuerzo, levantar un peso que antes parecía difícil o recuperar más rápido después de una actividad.
La ciencia también ha permitido ampliar la conversación sobre los beneficios del ejercicio. La Escuela de Medicina de Harvard señala que la actividad física puede favorecer distintas funciones cognitivas, entre ellas la memoria y la concentración. La Organización Mundial de la Salud, por su parte, reconoce que mantener una actividad física regular puede contribuir al bienestar mental y ayudar a reducir síntomas asociados con la ansiedad y la depresión.
Para Mónica Reyes Fuchs, estos beneficios hacen que la actividad física no deba entenderse únicamente como una herramienta para modificar la apariencia. También es una práctica que puede transformar la relación que una persona tiene con sus propias metas.
“Vivimos acostumbrados a querer resultados inmediatos. El ejercicio me enseñó que muchas de las cosas que realmente valen la pena necesitan tiempo y que disfrutar ese proceso también forma parte del resultado”, comparte.
La disciplina como una forma de paciencia
El ejercicio también permite observar una particularidad del progreso: muchas veces sucede antes de que podamos verlo. Cada sesión se suma a la anterior y construye capacidades que no necesariamente son evidentes de un día para otro. La constancia termina teniendo un peso mayor que la motivación momentánea.
En contraste con la velocidad habitual de las pantallas y las notificaciones, el ejercicio introduce un espacio donde la espera resulta inevitable. No se puede acelerar una adaptación física simplemente porque se desea obtenerla antes. El cuerpo marca sus propios tiempos y obliga a respetarlos.
“El ejercicio me enseñó a confiar en el proceso. Ya no necesito ver cambios todos los días para saber que voy avanzando. Esa paciencia me ha servido mucho más allá del gimnasio”, finaliza Mónica Reyes Fuchs.
Más que enseñar únicamente a levantar más peso o resistir durante más tiempo, el entrenamiento puede convertirse así en una práctica para desarrollar una relación más paciente con los objetivos. El progreso no siempre ocurre de manera espectacular; con frecuencia se construye en pequeños pasos que, al acumularse, terminan produciendo una transformación mucho mayor.
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