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Opinión: 2019, ¿otro lastre?

Con información original de Excélsior 

Ciudad de México, 01 Enero. Luis Manuel Arellano Delgado

Primero pensemos una estructura mental donde nuestros cuerpos se desarrollen desligados del tiempo, que prescinda del calendario y de las efemérides. Cavilemos una sociedad que no festeje “el año nuevo”.

Luego imaginemos una organización social donde poco importe la fecha de nacimiento ni los consecuentes cumpleaños; meditemos respecto de otra forma de comprender la existencia para fluir ajenos a los cánones de la edad y más atentos al reloj biológico.
En esta hipotética organización –quiero subrayarlo- el tiempo no deja de valorarse en sus invaluables aportaciones para medir la duración o separación de acontecimientos. Se trata de abrir un paréntesis, de concebir una atmósfera donde se viva sin la tiranía de ese marcapasos en cuyo nombre el progreso ha modificado la naturaleza humana desde hace siglos. Muchos estereotipos de género también son producto de los referentes asociados al “paso del tiempo” o a esa barrabasada que llamamos “la edad”.
Imaginemos estos escenarios y de paso reflexionemos qué tanto la medición del tiempo se ha convertido en una obsesión que marca y determina lo que se puede hacerse dentro de contextos personales pero sobre todo en campo variados como la política, el mercado o las religiones, que determinan e incluso alteran nuestros ritmos ciscardianos.
Definitivamente la medición y la configuración del orden temporal es sine quanon e indispensable al dirigir el tráfico, ordenar servicios, dispensar el tiempo libre y en general para orientar las necesidades humanas. Sí, el tiempo resulta imprescindible cuando se pone al servicio de la gente, pero definitivamente es una carga cuando es la gente quien se pone al servicio del tiempo.
Por eso, festejar puntualmente el inicio de otro año debería derivar en una profunda reflexión. ¿Cómo seríamos si desaparece la edad y la fecha de nacimiento de nuestros documentos? La lluvia de escenarios resulta infinita. Solo cito uno: que la edad se ha convertido en factor discriminador o generador de sospechas, sea por falta o exceso de experiencia.
En vedad nos hace falta pensar el tiempo. Reconocer que su medición y estrecha vinculación al desarrollo, la política, los mercados financieros, el periodismo así como las tecnologías de dispositivos móviles, entre muchos ámbitos más, ha devenido es una creciente tensión.
El escritor Sergio de Régules dice que prácticamente esa característica se manifiesta en todo lo humano y que las preocupaciones resultan un buen ejemplo: el estrés, el arrepentimiento, la urgencia, la impaciencia, la esperanza y la nostalgia están imbuidas de dicho elemento. La sensación de que el tiempo “no alcanza” también está determinada por su asimetría, ya que siempre camina hacia adelante, agrega.
Son múltiples y contrastantes las lecturas que el tiempo ha recibido al paso de la historia. En marzo del año pasado la Revista de la Universidad de México divulgó un dossier con variadas aproximaciones a esta unidad de medida. Además de Régules, se incluye un trabajo de la académica Ana Díaz quien asienta el origen social de la Piedra del Sol o calendario azteca, identificando “una lógica orgánica y fluida que resulta más compatible con nuestro campo de conocimiento biológico que con la astronomía y las ciencias exactas”.
El físico y biólogo Pablo Meyer orienta su participación hacia el reloj biológico que puede “responder y adaptarse a los cambios externos o incluso asimilar mensajes de su propio cuerpo”. Sus valiosas anotaciones precisan que el metabolismo “no sólo está ligado a los ritmos ciscardianos, también a otros tiempos biológicos que determinan la duración de la vida y el momento de la muerte”. En este sentido cita el programa orgánico de suicidio celular.
Es seductora la idea de una existencia marcada por los ciclos naturales, la antropología o la rotación del planeta porque ofrece mayor plenitud, sin los lazos del “progreso”, como el llamado horario de verano.
Salvo en la física, donde tiene asideros construidos desde el rigor científico y sus contribuciones resultan incuestionables, es necesario romper el círculo de la temporalidad cultural atada al tiempo, contaminada por la celeridad de la agenda pública y las nuevas tecnologías.
Vivir con el tiempo humanizado. Programado desde nuestra naturaleza y por estructuras de organización social pero a nuestro servicio. Si no llega en esa dirección 2019 será otro lastre.
Referencia
• Revista de la Universidad de México, No. 834, Ed. UNAMmarzo del 2018.
Aclaración: El contenido mostrado es responsabilidad del autor y refleja su punto de vista.
Redacción

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