Categorías: Opinión

¡Falta humildad!: Ignacio Anaya

Con información original de Excélsior

01 de Julio de 2019.

Ignacio Anaya

Al cumplirse el primer semestre de gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador, México parece un país estancado. La opinión pública proyecta una atmósfera turbia ante la sensación de que no existe rumbo de desarrollo. Un impasse extraño, por cuanto se transita hacia una ruta que nadie puede explicar. Algo así como un vacío sobre una puerta abierta.

El plan de desarrollo y las metas que deberán alcanzarse no están articuladas. La nueva administración ha debido improvisar e incluso innovar contenidos frente a retos de gobernabilidad inesperados.

Aunque la impresión de vaguedad en la respuesta gubernamental se percibe en distintas regiones del país nada tiene de espontánea. Es el resultado de un choque de paradigmas entre el nuevo gobierno y los sectores derrotados en las urnas, que asumen su oposición de la peor forma. Los desplazados de las instituciones acumulan sentimientos de revancha, rencor y odio que contribuyen a enrarecer este ambiente.

Sin embargo, tampoco los vencedores están gobernando de la mejor manera. Lejos están de asumir la responsabilidad del ganador, obligado éticamente a limitar las extensiones del poder recibido. Definitivamente la nueva clase política contribuye a la confrontación. En lugar de cultivar la conciliación y la inteligente generosidad que toda contienda democrática espera del ganador, quienes hoy conducen los destinos de nuestro país están, simplemente, destruyendo la posibilidad de un pacto en favor de un futuro viable y verdaderamente justo.

Un país polarizado renuncia a su desarrollo. Esto lo sabe López Obrador, pero parece poco interesado en destensar la lucha poselectoral con sus adversarios. La decisión de evitar confrontaciones con el presidente norteamericano Donald Trump, e incluso negociar temas determinantes para su plan de gobierno, simplemente no aterriza frente a los opositores que actúan dentro del país. Sin duda, el Presidente mexicano es un político fuerte, con legitimación y discurso. También cuenta con importantes operadores en su equipo (e igualmente con funcionarios incompetentes que además le generan problemas). A pesar de eso, la decisión de restringir e incluso desaparecer partidas para gasto social o disminuir el presupuesto en áreas tan sensibles como la salud pública, han propiciado duros cuestionamientos, los cuales pueden analizarse no sólo por su creciente expresión en las redes sociales, sino también en muchos medios de comunicación, particularmente los digitales.

Aunado a lo anterior, persiste la dificultad de su administración para conectar con la ciudadanía mediante mensajes institucionales articulados que generen certidumbre. Hasta ahora, los medios de comunicación oficiales parecen negados a entender esa urgente tarea. Por el contrario, varios de ellos han abierto polémicas innecesarias que profundizan esta sensación de turbiedad.

De la misma forma, las conferencias mañaneras, conceptualizadas para comunicar, no parecen contribuir a la paz que el Ejecutivo requiere si lo que busca es encausar en las mejores condiciones su proyecto de nación. Es frecuente que en cada una de estas disertaciones López Obrador profundice las heridas que tanto su triunfo político como sus decisiones de gobierno están generando. Definitivamente, con el micrófono en la mano el Presidente poco aporta a disminuir la tensión.

Conformar oposición es sano e indispensable, pero si quienes cuestionan, confrontan e incluso ridiculizan al inquilino de Palacio Nacional renuncian a la crítica racional, como se ha observado por parte de prestigiados académicos e intelectuales, deberán asumir de alguna manera la responsabilidad histórica de este singular estancamiento que está proyectando el país.

¿Qué está pasando? ¿Por qué los que deben hacer algo no lo hacen? ¿Por qué quienes pueden hacer algo se resisten a hacerlo? ¿Qué perverso juego están alentando quienes apuestan al desastre, desde adentro y desde afuera del gabinete presidencial?

Al cumplirse el primer semestre del nuevo gobierno estamos inmersos en una espesa niebla.Hay mucha soberbia mientras los visos de desconfianza siguen creciendo. Definitivamente falta humildad para que alguna de las partes tenga el valor de dar el primer paso hacia la indispensable distensión.

Redacción

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