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¿Quién es inmune al coronavirus?

23

abril

Autor: Redacción

23 abril.- Se están tomando decisiones con consecuencias muy importantes en torno a esta pregunta que deben sustentarse en la ciencia. Pero en esta pandemia, como en anteriores, el método científico tradicional se hiperacelera.

Entre las muchas incertidumbres que quedan sobre la COVID-19 está la de cómo responde el sistema inmunitario humano a la infección y lo que eso significa para la propagación de la enfermedad. La inmunidad después de cualquier infección puede variar de total y para toda la vida a casi inexistente. Hasta ahora, sin embargo, solo se dispone de los primeros indicios de datos sobre la inmunidad al SARS-CoV-2, el coronavirus que causa la enfermedad COVID-19.

¿Qué pueden hacer los científicos y los responsables de la toma de decisiones que dependen de la ciencia para informar las políticas en una situación así? La mejor estrategia es construir un modelo conceptual —un conjunto de supuestos sobre cómo podría funcionar la inmunidad— basado en los conocimientos actuales del sistema inmunitario y en la información sobre los virus relacionados, y luego identificar cómo cada aspecto de ese modelo podría ser erróneo, cómo se sabría y cuáles serían las implicaciones. Después, los científicos deberían ponerse a trabajar para mejorar esta comprensión mediante la observación y la experimentación.

El escenario ideal —una persona, una vez infectada, es completamente inmune de por vida— es correcto para una serie de infecciones. El médico danés Peter Panum se distinguió por descifrar esto en el caso del sarampión cuando visitó las islas Feroe (ubicadas entre Escocia e Islandia) durante un brote en 1846 y descubrió que los residentes mayores de 65 años que habían vivido el brote anterior en 1781 estaban protegidos. Esta sorprendente observación ayudó a lanzar los campos de la inmunología y la epidemiología y, desde entonces, como en muchas otras disciplinas, la comunidad científica ha aprendido que a menudo las cosas son más complicadas.

Un ejemplo de “más complicado” es la inmunidad a los coronavirus, un gran grupo de virus que en ocasiones pasan de los animales huéspedes a los humanos: el SARS-CoV-2 es la tercera epidemia de coronavirus más importante que afecta a los humanos en los últimos tiempos, después del brote del Síndrome Respiratorio Agudo Grave (SRAG) de 2002-2003 y el brote de Síndrome Respiratorio por Coronavirus del Oriente Medio (SROM), que comenzó en 2012.

Gran parte de nuestra comprensión de la inmunidad contra los coronavirus no proviene ni del SRAG ni del SROM, que han infectado a un número relativamente pequeño de personas, sino de los coronavirus que se propagan cada año causando infecciones respiratorias que van desde un resfriado común hasta la neumonía. En dos estudios separados, los investigadores infectaron a voluntarios humanos con un coronavirus estacional y alrededor de un año después les inocularon el mismo virus o uno similar para observar si habían adquirido inmunidad.

En el primer estudio, los investigadores seleccionaron a dieciocho voluntarios que desarrollaron resfriados después de que se les inoculó —o se les hizo una “prueba de tolerancia”, como se dice— una cepa de coronavirus en 1977 o 1978. A seis de los sujetos se les volvió a aplicar la prueba de tolerancia un año más tarde con la misma cepa, y ninguno se infectó, se cree que gracias a la protección adquirida con su respuesta inmune a la primera infección. Los otros doce voluntarios fueron expuestos a una cepa ligeramente diferente de coronavirus un año después y su protección fue solo parcial.

En otro estudio publicado en 1990, se inoculó a quince voluntarios con un coronavirus; diez se infectaron. Catorce regresaron para que se les inoculara la misma cepa un año después: mostraron síntomas menos graves y sus cuerpos replicaron menos el virus que después de la prueba de tolerancia inicial, en especial aquellos que habían mostrado una fuerte respuesta inmunitaria la primera vez.

No se han efectuado pruebas de tolerancia en humanos como esas para estudiar la inmunidad al SRAG ni al SROM. Sin embargo, las mediciones de anticuerpos en la sangre de las personas que han sobrevivido a esas infecciones indican que estas defensas persisten durante algún tiempo: dos años para el SRAG, según un estudio, y casi tres años para el SROM, según otro. Sin embargo, la capacidad neutralizadora de estos anticuerpos —una medida de lo bien que inhiben la replicación del virus— ya estaba disminuyendo durante los periodos de estudio.

Estos estudios forman la base para una estimación bien fundamentada de lo que podría pasar con los pacientes de la COVID-19. Después de ser infectados con SARS-CoV-2, la mayoría de los individuos tendrán una respuesta inmune, algunos mejor que otros. Se puede suponer que esa respuesta ofrecerá cierta protección a mediano plazo, por lo menos un año, y luego su eficacia podría disminuir.

Por el momento, los casos de la COVID-19 se han subestimado debido a las pruebas limitadas, tal vez por un factor de diez en algunos lugares, como Italia a finales del mes pasado. Si el subconteo es más o menos el mismo también en otros países, entonces la mayoría de la población del mundo (si no es que toda) todavía es susceptible a la infección, y la inmunidad de grupo es un fenómeno menor en este momento. El control del virus a largo plazo depende de que la mayoría de las personas se vuelvan inmunes, ya sea mediante la infección y la recuperación o mediante la vacunación; la magnitud de la mayoría depende de otros parámetros de la infección que aún desconocemos.

Encuentra la nota original en The New York Times.

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