Venezuela y México: la pesadilla humanitaria que viene

7

agosto

Autor: Melisa Zanatta

Columna publicada originalmente en Excélsior

Por Ignacio Anaya

Ciudad de México, 7 Agosto.- ¿Cuándo va a caer Nicolás Maduro, actual presi­dente de Venezuela? La moneda está en el aire, pero la dinámica seguida estaría indicando que el heredero de Hugo Chávez ha decidido resis­tir hasta el final y con todo -incluso con las ar­mas- al creciente movimiento opositor dentro y fuera de su país.

Las protestas populares contra el régimen que él encabeza ya costaron más de 120 muertos (contabilizados hasta la semana pasada) dentro de un contexto en donde el recurso de la fuerza para reprimir, detener y encarcelar líderes opo­sitores, pero sobre todo para sembrar miedo y terror ha corrido a cargo de las fuerzas militares, en las que el gobierno venezolano ha invertido mucho dinero y para las que ha dispuesto equipo moderno y antimotines.

Que se incremente la represión y el número de víctimas no constituye un escenario ficticio. Hay condiciones para que pueda agudizarse y brotar como otro foco rojo.

La crisis actual, sin embargo, no empezó con el arribo de Maduro a la presidencia de este país en 2013. En este país hay crisis económica des­de hace tiempo y según estimaciones del FMI la inflación habría llegado al 720%, como parte de medidas equivocadas alentadas por el ex pre­sidente Hugo Chávez, quien también ordenó la supresión de garantías individuales ante el cre­ciente malestar ocasionado por la merma en la calidad de vida de la población.

Por eso hay que hablar de una crisis prolonga­da, agudizada al paso de los años y los días. Una crisis que se refleja en varios ámbitos y de mane­ra particular en el fenómeno de desplazamiento masivo iniciado bajo el mandato de Chávez.

Se anhela que Maduro deje el poder, pero ese hecho no va a mejorar en lo inmediato ni a mediano plazo la calidad de vida de la población que salió de Venezuela

¿Va a caer Maduro? Por supuesto que sí. Pero su salida de la presidencia no va a resolver de golpe la crisis económica que vive esa nación.

Pasarán años para que una nueva administración enmiende, repare y sane las oquedades de una política vertical, arbitraria y antidemocrática. Los venezolanos que han huido de su tierra no podrán regresar tan rápido y eso obliga a que los países receptores de refugiados implementen medidas de asistencia adecuadas a la realidad que el desplazamiento ha generado.

En Colombia, por su vecindad con Venezue­la, el impacto por este fenómeno migratorio ha sido enorme. Según despachos periodísticos, las autoridades migratorias reportan que entre 2013 y 2016 ingresaron a Colombia un millón, 260 mil 957 ciudadanos venezolanos, de los cuales después salieron 907, 642.

Este éxodo también alcanzó a México. En los primeros cuatro meses de 2017 llegaron a terri­torio más de 28 mil venezolanos. Si bien muchos han tramitado tarjetas de residencia o visados humanitarios, e incluso un número importante se ha postulado para recibir la condición de refu­giado, la mayoría permanece con visa de turista o de manera irregular.

¿Cómo van a responder la Secretaría de Re­laciones Exteriores y en particular el Instituto Nacional de Migración?

Ésta tendría que ser una de las preguntas obli­gadas por parte del gobierno mexicano. Es muy concreta, pero la opinión pública la desconoce en su verdadera dimensión. Estamos hablando, aquí, de una población migrante que requiere facilidades para trabajar, para recibir atención médica e incluso para estudiar.

La esperada caída de Maduro, más allá de la forma y el momento en que suceda, no resolverá en corto plazo la crisis humanitaria de la migra­ción venezolana. Vienen años de reconstrucción y también de austeridad. Por esto no puede su­ponerse que los venezolanos que ya están den­tro de México (más los que sigan llegando en las próximas semanas o menes) tendrían que regresar en lo inmediato a su país.

Es un hecho que este desplazamiento de personas se funde con uno más amplio, carac­terizado por el arribo permanente de población centroamericana, así como de países caribeños y africanos. Son procesos sociales para los que nuestro país no estaba preparado, pero son también indicadores de la interdependencia que la geopo­lítica que la globalización ha venido generando.

La crisis venezolana no sólo es política o económica. Es sobre todo humanitaria y quie­nes han llegado a México para escapar de ese infierno que conjuga desempleo, carestía, falta de atención médica, inseguridad, represión y miedo, nos ponen a prueba, aunque no haya sido esa su intención. Todos esperamos que Maduro deje el poder, pero ese hecho en sí mismo no va a mejorar en lo inmediato y quizá tampoco a mediano plazo la calidad de vida de la población que salió de Venezuela.

Varios países tienen el balón en su cancha. ¿Qué que llegan huyendo de sus países? ¿Se res­petará el espíritu de la Ley de Migración? Va a caer Maduro pero la pesadilla no va a desaparecer.

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